El caos se apoderó del lugar. Los cazadores furtivos se apresuraron a buscar armas, algunos titubeando al intentar reaccionar. Nolan divisó un hueco cerca de una mesa repleta de equipo, entre el que había una radio. Se abalanzó hacia ella y agarró el aparato justo cuando el primer disparo silbó por encima de su cabeza.
Aferrándose con fuerza a la radio, echó a correr tras el osezno que huía. Cada respiración le quemaba los pulmones, cada zancada amenazaba con hacerle caer de bruces sobre el suelo resbaladizo. Gritó por la radio, intentando contactar con los guardas forestales. Pero solo le respondió un silbido de estática, sin ofrecerle ningún consuelo.
