Durante las tres horas siguientes, la Suite 1A se convirtió en una silenciosa y agotadora prueba de resistencia. Cada doce minutos, con la precisión de un reloj, Leo hacía un discreto y apenas perceptible gesto de asentimiento a Sarah desde el otro lado de la cocina. Sarah tocaba inmediatamente la pantalla del panel principal, lo que activaba otro reinicio simulado del diagnóstico del sistema de la suite. Dentro de la cápsula, los cojines motorizados de los asientos zumbaban ruidosamente, intentaban reclinarse durante cinco breves segundos, se rendían y luego volvían a encajar con fuerza en la rígida postura erguida.
Mientras tanto, la pantalla de entretenimiento de alta definición continuaba con su alegre e imparable bucle del vídeo corporativo de seguridad y bienvenida. La familiar y animada música de fondo sonaba una y otra vez, proyectando un resplandor rítmico de color azul gélido sobre los rostros cada vez más vacíos y agotados de la pareja.
