Julian siguió el gesto de Leo y se quedó mirando atónito el único asiento plegable. La fría e implacable realidad matemática de la situación se cernió sobre él como una espesa niebla: solo había un asiento allí, y ellos eran dos. Abrió la boca para discutir, se dio cuenta de la total futilidad de su argumento y la volvió a cerrar. Su mente se aceleró mientras intentaba encontrar una salida lógica al atolladero en el que se había metido.
Leo volvió a coger su revista con una sonrisa amable y comprensiva y pasó la página con naturalidad. «Estoy seguro de que la tripulación de cabina podrá encontrar una solución para vosotros al final», añadió en voz baja. Julian se levantó, con el rostro pálido y tenso, y retrocedió lentamente hacia la trampa digital de la Suite 1A.
