Unos navegantes adinerados bloquean el muelle de este viejo pescador; lo que él hace en represalia es pura justicia

El cabrestante oxidado chirrió mientras Elias Mercer sacaba su red de las aguas negras de la mañana, pero la terrible ligereza de la cuerda ya le había revelado la verdad. Durante cuarenta y dos años, el mar siempre le había respondido de alguna manera. Aquella mañana, no le dio nada.

La malla chorreante golpeó la cubierta de su barquito con un sonido húmedo y humillante. Ni un destello plateado de bacalao. Ni un pesado nudo de caballas. Ni cangrejos enredados furiosamente en las esquinas. Solo algas rotas, una lata de refresco aplastada y un pálido corcho de plástico de champán que rodaba junto a sus botas.

Elías se quedó mirando la red vacía hasta que el aire frío pareció oprimirle el pecho. No se trataba de una marea desfavorable. No era una luna extraña ni una tormenta que ahuyentara a los peces. Era algo peor, algo ruidoso, brillante y que sonreía ante las cámaras.