Clara tropezó contra el banco del parque cuando cinco chicos adolescentes la rodearon. Se dispersaron por el camino, bloqueándole todas las vías de escape evidentes. Las capuchas de sus sudaderas les ocultaban el rostro, mientras que sus zapatillas y vaqueros estaban cubiertos de barro. Clara se aferró con fuerza con ambas manos a su bastón y al paraguas que llevaba, sin saber muy bien qué pretendían hacer.
Los chicos parecían más desesperados que enfadados, pero eso no le servía de mucho consuelo. Uno no dejaba de mirar hacia el bosque, mientras que otro luchaba por recuperar el aliento. Clara buscó con la mirada, más allá de los hombros de los chicos, a alguien que pudiera ayudarla. El sendero de la tarde, normalmente repleto de gente que paseaba a sus perros y de familias, se había quedado aterradoramente vacío, probablemente debido a la llovizna.
—Por favor… —susurró Clara. El chico más alto se acercó, sacudiendo la cabeza con urgencia. Antes de que pudiera explicarse, un chasquido agudo resonó desde algún lugar más allá de los árboles. Todos los adolescentes se volvieron hacia allí. Clara permaneció atrapada entre ellos, segura de que algo terrible estaba a punto de suceder…
