El Dr. Gerard se encontraba en el vestíbulo administrativo, frente a un muro de funcionarios del zoológico a la defensiva. El director de las instalaciones insistió en que Lola estaba bajo el cuidado de expertos y que la intervención externa era totalmente innecesaria. Los veterinarios internos afirmaron que sus síntomas se encontraban dentro de los parámetros esperados para un embarazo de gorila en fase avanzada. Su fría y profesional negativa dejó claro que el orgullo institucional tenía prioridad.
Gerard presentó fotografías que mostraban con detalle la grave distensión abdominal de Lola, presionando al equipo para obtener respuestas médicas claras. El personal se mostró visiblemente incómodo, moviéndose con nerviosismo mientras él señalaba indicadores claros de un grave malestar. Estaban genuinamente preocupados por la salud de Lola, pero el miedo a la difamación por parte de terceros y a poner en riesgo sus puestos de trabajo les hacía mostrarse profundamente reacios a cooperar con una autoridad externa.
