A pesar de la creciente comodidad del grupo en presencia de Gerard, un obstáculo importante seguía sin resolverse por completo. Cada vez que el personal intentaba atraer a Lola hacia la puerta de acceso médico, el gorila de espalda plateada colocaba suavemente un brazo pesado sobre su espalda, manteniéndola anclada dentro del grupo. El profundo instinto protector de la manada hacia su miembro enfermo le impedía acercarse por sí misma a los cuidadores humanos.
Gerard consultó con los cuidadores principales en la oficina de vigilancia para trazar su siguiente paso táctico. Todos coincidieron en que intentar tratar a Lola mientras estaba rodeada por siete primates protectores seguía siendo demasiado peligroso. La única solución viable era diseñar una estrategia de separación controlada que permitiera trasladar a Lola a una sala clínica aislada sin provocar pánico ni agresividad.
