Durante las siguientes horas, Gerard repitió la tranquila rutina de alimentación a intervalos regulares y precisos. Cada vez que se acercaba a la mampara, se movía con una lentitud predecible, ofreciendo fruta fresca mientras hablaba en voz baja al grupo. Los cuidadores observaban con silencioso asombro cómo la rígida tensión de la manada comenzaba a disiparse bajo la influencia de un refuerzo positivo continuo y suave.
A última hora de la tarde, los gorilas ya no emitían sonidos ni adoptaban posturas defensivas cuando Gerard entraba en la zona de observación. Varios miembros más jóvenes del grupo incluso se acercaban voluntariamente a la malla inferior, esperando pacientemente su turno para recibir una golosina. La interacción constante y no amenazante había logrado romper eficazmente su intensa hostilidad, allanando el camino para gestionar con seguridad la compleja situación.
