Pero justo cuando empezaba a pensar en dar media vuelta, convencido de que toda aquella odisea era una locura, divisó un tenue resplandor. La luz del fuego titilaba en la oscuridad, revelando siluetas acurrucadas cerca de un refugio improvisado. Se le oprimió el pecho. Había humanos —cazadores furtivos, lo más probable— acampados allí.
Se agachó, mientras el viento le llevaba hasta los oídos voces amortiguadas. Reconoció el chasquido de los rifles, el tintineo de las trampas metálicas. Aquella no era una reunión amistosa. Se le hizo un nudo en la garganta. El oso avanzó, soltando un gruñido grave que reflejaba su sensación de pavor.
