El sueño nunca llegó del todo. Clara permaneció en la silla de Henry, observando cómo el reloj de la cocina avanzaba hora tras hora. Poco antes del amanecer, oyó un rasguño junto a la puerta trasera. La esperanza la hizo incorporarse con dificultad, pero era solo una rama azotada por el viento que rozaba los ladrillos. La comida de Bubbles seguía intacta cuando, por fin, la mañana iluminó las ventanas.
Clara llamó por teléfono al refugio de animales local en cuanto abrió. Durante la noche no había llegado ningún gato blanco que se pareciera a Bubbles. La empleada le aconsejó que revisara los espacios cerrados y que pidiera a los vecinos que inspeccionaran sus vehículos antes de ponerse a conducir. Clara le dio las gracias y luego empezó a llamar a las puertas que había visitado apenas unas horas antes.
