En la biblioteca, Clara eligió la fotografía más nítida que tenía. Bubbles estaba sentada dentro del gastado sombrero de jardinería de Henry, con un aire absurdamente satisfecho. Un antiguo compañero de trabajo la ayudó a crear treinta carteles de «gato perdido» con el número de teléfono de Clara. Ver la palabra «perdido» sobre su cara hizo que la situación pareciera más grave de lo que Clara podía aceptar.
Colocó los carteles en escaparates, farolas y tablones de anuncios. La artritis le complicaba cada nudo y cada tira de adhesivo, pero siguió adelante. Cerca del pabellón de hormigón, varios adolescentes encapuchados la observaban trabajar sin ofrecerle ayuda. Cuando Clara los miró directamente, su conversación se interrumpió. Se apresuró a seguir adelante, inquieta por su repentino silencio.
