Julian llevaba su chaqueta de diseño arrugada colgada de un brazo, y su manta de viaje de seda metida sin apretar en una bolsa de mano a rebosar. Tenía el pelo revuelto, la postura encorvada y sujetaba con fuerza en la mano dos tarjetas de embarque arrugadas. Mientras avanzaba arrastrando los pies por el estrecho pasillo hacia la salida, su mirada se fijó en Leo, que permanecía tranquilamente de pie junto a la mampara abierta de la Suite 1A. Julian redujo el paso hasta detenerse por completo, y su expresión pasó de un cansancio apagado a un desconcierto absoluto, con los ojos muy abiertos.
Se quedó mirando fijamente hacia el interior de la suite, asimilando la escena: la pantalla multimedia de alta definición que mostraba un paisaje tranquilo, el asiento motorizado en una posición impecable y los controles digitales funcionando a la perfección. Se quedó observando la postura relajada y despreocupada de Leo, tratando claramente de entender cómo la cápsula «averiada» se había reparado de repente por sí sola.
