Bubbles transformó la casa sin sustituir al hombre que la había llenado. Tiraba los bolígrafos de las mesas, se lanzaba a por los cordones de los zapatos y exigía el desayuno antes del amanecer. Su presencia le proporcionó a Clara nuevas rutinas cuando las antiguas le resultaban insoportables. Cuidarlo le obligaba a levantarse, hacer la compra, cocinar y hablar en voz alta a diario.
Cada noche, mientras preparaba la cena, le contaba a Bubbles historias sobre Henry. El gato escuchaba desde la silla de Henry, parpadeando cada vez que ella hacía una pausa. Clara sabía que estaba dando significado a gestos cotidianos. Aun así, esas conversaciones suavizaban el silencio. Permitían que el nombre de Henry siguiera formando parte de la vida en lugar de convertirse solo en historia.
