Meses más tarde, el pabellón renovado reabrió sus puertas como «El Taller de Henry». Los chicos enseñaban a los niños del barrio a reparar bicicletas donadas todos los sábados. Clara se encargaba de las citas, los refrigerios y de los adultos que llegaban con quejas. Bubbles, ya recuperado, ocupaba el sombrero de jardinero de Henry junto a su escritorio, aceptando la admiración sin aportar absolutamente nada útil al proyecto.
Clara seguía cruzando el parque Hawthorne a diario, aunque ya no evitaba el pabellón. Cada vez que se reunían allí adolescentes desconocidos, se acercaba antes de sacar conclusiones. Henry tenía razón al decir que no se podía juzgar el carácter de alguien desde el otro lado del camino. Clara lo había aprendido con aterrador retraso, pero no demasiado tarde para dejar que su amabilidad continuara.
