El cachorro parpadeó y luego lamió el hocico de su madre. Un pequeño sonido —mitad gruñido, mitad suspiro— se escapó de la loba adulta, y empujó al cachorro detrás de ella como para protegerlo de las luces de los humanos. A Noemi se le nubló la vista por las lágrimas.
Álvarez apagó la linterna, dando la señal de retirada. Retrocedieron hacia el túnel, escuchando cómo el suave repiqueteo de cuatro patas seguía a dos más grandes hacia las dunas. Cuando llegaron a los camiones, la tormenta había amainado.
