La llamada se produjo un martes por la mañana desde un número que no reconoció. Una voz de mujer, cuidadosa y grave, como si llamara desde algún lugar donde no quisiera ser escuchada. Seis días antes había fotografiado la boda de su hija. Le pidió que fuera solo a su estudio y que no le dijera a Diane que había llamado.
Se sentó en su mesa mucho después de que ella colgara. El café se enfrió. Al otro lado de la ventana, la mañana continuaba como si nada hubiera cambiado, y tal vez nada había cambiado; tal vez no era nada, tal vez estaba interpretando un tono de voz y una petición de discreción que tenían una explicación perfectamente sencilla. Casi se convenció de ello.
Encontraba algo inquietante en las fotografías. Ella se había quedado en eso: unas pocas palabras, una petición de silencio y la cualidad específica de una voz que se esforzaba por mantenerse firme. Él no sabía qué había encontrado. No sabía lo que le esperaba en aquel estudio. Sólo sabía que la tranquila mañana del martes en la que se había despertado ya no existía y que, viniera lo que viniera, nada volvería a parecer normal en mucho tiempo.
