Una mañana de invierno, Henry se desmayó mientras preparaba té en su cocina. Clara llamó a una ambulancia y le cogió la mano hasta que llegó la ayuda. Murió en el hospital antes del atardecer. La rapidez con que ocurrió no dejó tiempo para una última conversación, ni para una despedida tranquila, ni para instrucciones sobre cómo afrontar el silencio que dejaba tras de sí.
Al volver a casa, Clara encontró su té a medio tomar junto al fregadero. Su chaqueta de jardinería colgaba cerca de la puerta trasera, con los bolsillos llenos de cordeles y tornillos. Apoyó la cara contra su tela desgastada y, por fin, rompió a llorar. Por primera vez en cincuenta y un años, nadie la esperaba allí para consolarla.
