Se obligó a moverse más rápido, empujando sus frágiles piernas para que avanzaran tan rápido como les permitieran. Su bastón de madera marcaba un ritmo frenético e irregular contra el camino empedrado. Cada paso le resultaba más pesado que el anterior, y su respiración se volvía superficial y entrecortada en el aire fresco del otoño.
Mantuvo la mirada fija en las puertas de salida del parque, rezando para que la dejaran en paz. Pero por el rabillo del ojo pudo ver cómo ajustaban su ritmo al suyo. Ya no se limitaban a merodear; la perseguían activamente, y sus zancadas largas y sin esfuerzo acortaban rápidamente la distancia. La salida principal del parque parecía estar a millas de distancia, y se estaba quedando sin espacio.
