Rex nunca ha hecho nada sin una razón, pensó. No era joven. No era inexperto. No se dejaba llevar por el pánico. Evaluaba. ¿Qué había visto? Intentó repetirlo -la mesa de regalos, la forma en que había ladrado, la urgencia de sus movimientos-, pero sus pensamientos se engancharon en otra cosa. Las manos de Vincent. Las tenía entrelazadas delante de él, con los nudillos pálidos.
Tenía la mandíbula desencajada y los músculos crispados mientras miraba por encima del hombro de ella. A Daniel. Daniel estaba a unos metros de distancia, fingiendo arreglarse la chaqueta. Su postura era rígida, los hombros erguidos, los ojos mirando repetidamente hacia las puertas de la iglesia.
