Emma se quedó temblando, con el vestido de novia roto, el corazón latiéndole con fuerza, la ceremonia fracturada y reiniciándose a su alrededor. Y mientras la música se reanudaba y Vincent la guiaba hacia delante, un pensamiento se negaba a abandonarla: Rex no había corrido hacia ella. Había intentado llevarla a otro lugar.
Emma estaba de pie ante el altar, con las manos temblorosas hasta el punto de tener que apretar el ramo para mantenerlas firmes. Su vestido estaba roto. No de forma dramática, pero sí lo suficiente como para notarlo cada vez que movía el peso, la tela tironeándose donde Rex la había atrapado.
