El público nos observaba y se preguntaba por qué una ciudad que se preciaba de ser tranquila de repente no podía detener a un ladrón. Necesitábamos algo. Y yo lo necesitaba más que nadie. Llevaba seis meses en el puesto, acababa de terminar mi formación y aún estaba aprendiendo que la policía se basaba en el instinto y no en el procedimiento.
Quería demostrar que podía hacer algo más que responder a posteriori. Que podía detectar los detalles que los demás pasaban por alto. Aquella noche me tocó la patrulla de madrugada. Eran poco más de las tres de la madrugada, la hora en que la ciudad se siente suspendida entre días. Las calles estaban tranquilas, pero no pacíficas. Las luces de los porches brillaban tras las cortinas corridas. Los coches permanecían intactos en las entradas.
