Claro que no estaba. Su cita, un chico amable pero olvidable llamado Tyler, revoloteaba a su lado intentando entablar conversación sobre el DJ, la decoración, el fotomatón. Ella asentía con la cabeza, sonreía cuando era necesario, pero nada de lo que decía se le quedaba grabado. Su mente permanecía en el mismo espacio vacío cerca de las puertas del gimnasio. La espera.
Lo peor era lo injusto de la noche. Dos de los mayores matones de la escuela, Amber Lockley y Chase Merrill, tenían prácticamente garantizado el título de reina y rey del baile. Sus nombres flotaron en predicciones susurradas durante toda la semana, dichas con una especie de certeza resignada:
