Todos menos Shirley. Ella observaba a la escuela avanzar como si nada hubiera sucedido, y esa visión la inquietó más de lo que lo había hecho el pánico. El pánico significaba que a la gente le importaba. El pánico significaba que la gente temía la verdad. El olvido se sentía como la culpa escondida bajo una alfombra. El nombre de Richard volvió al silencio, no al silencio aterrado y pesado de hacía dos semanas, sino delgado y frágil.
Como si ya fuera un recuerdo. Una historia que se había contado a medias una vez y luego se había extraviado. El viernes por la tarde sonó el último timbre de la escuela, liberando a los estudiantes en un frenesí de preparativos. Las risas resonaban en los pasillos. Las taquillas sonaron con fuerza. Los zapatos chasqueaban. El perfume perduraba. Nadie dijo su nombre. Ni una sola vez.
