Los alumnos repetían teorías, rumores y fragmentos de las contradicciones de los profesores como los detectives de una mala serie de televisión. Pero, ¿y ahora? Ahora era como si hubiera saltado un interruptor. Empezó de forma silenciosa, casi invisible, con los alumnos volviendo a centrar sus conversaciones en las prioridades normales de la adolescencia: vestidos, quién podría liarse con quién, quién había alquilado el coche más extravagante.
En poco tiempo, la presencia de Richard había quedado relegada por las limusinas, las peluquerías y las listas de reproducción. No es que dejara de importarles. Era que preocuparse era inconveniente. Y Westbrook High era excelente para olvidar cualquier inconveniente. Los carteles que anunciaban el baile iluminaban los pasillos.
