La desesperación la empujó a enviar más mensajes, preguntas, palabras tranquilizadoras, cualquier cosa que pensara que podría provocar una respuesta. Se amontonaban en una estrecha columna a la derecha de la pantalla, cada uno más frenético que el anterior, cada uno con el mismo silencio ininterrumpido. Miró la pantalla del chat durante tanto tiempo que los ojos empezaron a escocerle, pero la pantalla permaneció inmóvil.
Ningún indicador de escritura. Ninguna señal de actividad. Ninguna prueba de que él estuviera leyendo sus palabras. Se hizo dolorosa y silenciosamente claro que él no iba a responder. Se dio cuenta poco a poco, como si un peso le oprimiera los hombros. Por primera vez desde que había desaparecido, comprendió la profundidad de lo que había sucedido. No sólo evitaba ir a la escuela.
