La vergüenza le escocía mientras leía. Pero bajo ella corría una corriente constante de algo que no había sentido en dos años: alivio. La verdad era fea, pero también real. Adam había elegido mal. También le habían mentido y alguien que tenía miedo lo había utilizado como escudo.
Liam testificó una vez, fuertemente custodiado, en un tribunal que olía a papel viejo y a nervios. Como informante, llegó a un acuerdo: una sentencia reducida a cambio de todo lo que sabía. Le temblaban las manos, pero rechazó una nueva identidad. «Ya les he ocultado bastante», dijo. «Ya no me escondo más»
