Dos años antes, las discusiones habían empezado por lo bajo, por trasnochar y dinero inexplicable. Vance se fijó en unos zapatos nuevos, un teléfono nuevo y un pequeño trabajo en un taller. Adam bromeaba, esquivaba y cambiaba de tema. Vance reconoció las señales del trabajo. Le dolía más verlas en su propia mesa.
Ser policía lo empeoraba. Todo lo que Adam contaba sonaba como la declaración de un sospechoso. Cada verdad a medias se hacía eco de entrevistas de chavales que luego acababan en expedientes y celdas. Vance no sabía cómo ser padre y oficial a la vez. Normalmente elegía al oficial.
