Una madre encuentra un secreto en su casa que la lleva a una sorpresa aún más salvaje

La vida en la nueva ciudad aún le resultaba extraña. Lucy había dejado atrás el ruido de la ciudad hacía unos meses, tras el traslado de su empresa y su propio cansancio. El campo había prometido paz, un pulso más lento. En su lugar, el silencio llegó pesado e impredecible, sólo roto por el viento y las peculiares conversaciones de Emma.

Cuando no estaba trabajando, Lucy pasaba las horas desempaquetando, etiquetando cajas e intentando imponer algo de orden. La casa se resistía. Las viejas estanterías se inclinaban, las puertas se hinchaban de humedad y las sombras persistían donde debería haberse acumulado la luz. Echaba de menos el zumbido de la ciudad, donde los sonidos extraños siempre tenían fuentes vivas.