Un profesor jubilado se cansa de que la gente use su piscina sin consentimiento, así que decide darles una lección

Todas las mañanas analizaba el agua, leyendo con precisión las tiras de pH y limpiando la superficie hasta que brillaba como el cristal. No era sólo mantenimiento. Era memoria. Cada reflejo nítido le recordaba la sonrisa de ella, las tardes en que flotaba bajo las estrellas, las mañanas en que ella lo engatusaba para que diera unas vueltas antes del desayuno.

Pero cuando Arthur no se ocupaba de la casa, encontraba la paz junto al río. La pesca siempre había sido su refugio tranquilo. Con la caña y el termo en la mano, podía pasarse horas escuchando el agua, paciente de una forma que sólo la edad y la soledad permitían.