Sus días seguían el ritmo de la marea en lugar del reloj. Se levantaba mientras el pueblo dormía, se llevaba café solo en un termo abollado, observaba el cielo y bajaba la colina con su impermeable amarillo colgado de un hombro y las botas desatadas a la altura del tobillo.
En el muelle comercial, todos sabían cuál era su sitio. Bram ocupaba el primer amarre, Tess remendaba las nasas junto al cobertizo de los cebos y Elias amarraba su barquita, la Nora May, al tercer pilón, donde la madera estaba pulida por el roce de sus manos.
