Unos navegantes adinerados bloquean el muelle de este viejo pescador; lo que él hace en represalia es pura justicia

Pero cuando el cabrestante giró, la cuerda subió casi sin peso. La red rompió la superficie, flácida y chorreante. Elías no maldijo. No gritó. Se quedó muy quieto mientras las algas se deslizaban por la cubierta como algo muerto.

El corcho de champán rodó contra su bota, y algo en su interior se endureció. Los peces habían desaparecido de la cala. Su trabajo había sido ridiculizado, filmado, obstaculizado y envenenado por la luz. Su vida tranquila se había convertido en el disfraz de otra persona.