Eleanor Wittmann compraba los martes porque eran más tranquilos: menos familias, menos recordatorios de que ella era la única Wittmann que quedaba. A los sesenta y ocho años, todavía conducía ella misma. El viejo Honda arrancaba a la segunda vuelta, fiable como la tozudez. Su lista era corta: huevos, leche, pan, un par de cenas congeladas que fingía que le gustaban.
Aparcó lejos de la entrada por costumbre, como si la distancia pudiera demostrar algo a sus rodillas. El aire de octubre tenía dientes. Subió la cremallera de la chaqueta y pasó el pulgar por el borde de la cartera. Dentro había una foto arrugada de Michael de uniforme. Dos años y su nombre seguía doliendo.
