Sólo una lenta caída detrás de otro coche, y cuando Eleanor volvió a comprobarlo, ya no estaba. La ausencia le pareció peor que la persecución, como si algo se hubiera perdido de vista a propósito. La clínica del Dr. Martínez apareció delante: ladrillo, huellas de patas descoloridas, un letrero demasiado alegre para ser octubre. Eleanor aparcó cerca por una vez. Rex bajó de un salto y se quedó pegado a su pierna, firme como un guardia.
Dentro, la recepcionista levantó la vista, sonrió y se quedó helada al ver al perro. «Sra. Wittmann», susurró, medio levantándose. En su etiqueta ponía Lila. Sus ojos parpadeaban entre Rex y Eleanor como si no pudiera decidir qué era real. «Necesito al Dr. Martínez», dijo Eleanor. La calma era lo único que le quedaba. «Ahora»
