Julie se detuvo en la entrada y dejó que la casa hablara primero. El frigorífico zumbaba. El televisor murmuraba. No había voces ni pisadas, nada que explicara el rasguño junto al baño de la planta baja o la débil mancha en el espejo del pasillo. El silencio parecía normal, lo que de algún modo lo empeoraba.
Su mirada se dirigió a Marcus, luego a la mesa auxiliar desplazada unos centímetros, y de nuevo a Marcus. Si alguien hubiera estado dentro, se habría quedado atrapado en medio, obligado a sentarse y escuchar. El pensamiento se deslizó bajo sus costillas y se negó a irse.
