Dentro, las olas retumbaban distantes y el agua goteaba del techo como un tictac. Álvarez cargó con la caja como si fuera de cristal hilado, observando el brillo de los monitores. En el otro extremo, la luz de la luna revelaba la cala y una sombra que aguardaba al borde de la orilla: la madre lobo.
Cuando el haz de luz de la linterna la rozó, gruñó por lo bajo, insegura. Noemi se arrodilló, abrió la puerta del cajón y retrocedió. El cachorro se agitó y emitió un débil aullido. La postura de la madre cambió al instante. Trotó hacia delante, gimiendo suavemente, y acarició al cachorro con la nariz. Álvarez le quitó la máscara de oxígeno.
