El restaurante estaba casi vacío cuando Clare volvió a entrar: las sillas apiladas, las luces apagadas, el calor de la cena sustituido por un silencio hueco que hacía resonar sus pasos. Apenas había llegado al mostrador de recepción cuando el encargado se puso delante de ella, con el rostro tenso. «Señora», le dijo, ya guiándola, «necesito que venga conmigo»
No la tocó, pero ella se balanceó de todos modos, con los pensamientos rezagados. En un despacho estrecho, levantó su bolso del escritorio. «¿Esto es tuyo? Clara asintió, con el pulso acelerado. Metió la mano y sacó una bolsita sin marca. Polvo blanco. Bien. Equivocado. «¿Sabes qué es esto?», preguntó en voz baja.
La habitación se inclinó. Ella intentó responder, pero su lengua no se movía. Las luces parecían demasiado brillantes. Los miembros le pesaban demasiado. La bolsita se interponía entre ellos como una acusación mientras perdía el equilibrio. Oyó su nombre, una puerta que se abría en algún lugar cercano y, con una certeza repentina y escalofriante, Clare se dio cuenta de que, fuera lo que fuera, ya había empezado.
