Luego el teléfono. Siempre había sido un hombre que dejaba el teléfono boca arriba sobre la mesa, sin ocultarlo, sin preocuparse. Un martes de marzo, le vi darle la vuelta sin pensar, como se cierra una puerta sin decidirlo. No me miró cuando lo hizo. Esa fue la primera nota real, aunque entonces no le presté atención.
No fisgoneé. Quiero que quede claro, no porque fisgonear hubiera estado mal, sino porque soy una persona que se basa en pruebas, no en sospechas. Archivé la observación. Busqué corroboración. Me había entrenado exactamente para este tipo de paciencia en salas de juntas y deposiciones. Simplemente no esperaba necesitarla en casa.
