Había cosas que me gustaban de él y que me siguen gustando, que es lo más desorientador. Su risa, que era repentina y desprevenida como ninguna otra cosa en él lo era. El modo en que recordaba pequeños detalles: mi pedido de café, el cumpleaños de mi madre, el nombre de mi primer perro. La atención a los detalles, como ahora sé, puede ser una herramienta.
Lo primero que noté fue un silencio donde antes había sonido. Dejó de zumbar en la cocina. Fue algo tan insignificante que no lo percibí como tal: sólo una estación, sólo estrés, sólo el silencio propio de un hombre con muchas cosas en la cabeza.
