Su voz y sus manos eran firmes. Moyá se presentó, mostró sus credenciales y empezó formalmente. Gary escuchó con confusión practicada: el marido acusado injustamente, cooperativo y preocupado. Fue magistral. Habría funcionado con cualquiera que no hubiera pasado noventa y seis días estudiando sus mentiras.
Entonces Yvonne entró desde la habitación contigua. Algo cruzó por la cara de Gary, real, desprevenida, la primera expresión auténtica que había visto en meses. Estaba calculando. La miró a ella, luego a mí, y observé el momento exacto en que comprendió. Dos mujeres. Compartimentos separados. Lo que sustituyó a su actuación fue casi interesante.
