El jueves hizo la cena de cordero, la de los primeros años, dos horas, el buen carnicero, velas. Me miró al otro lado de la mesa con algo que era o amor o una simulación impecable del mismo. Pensé en el chico de Akron, comí cada bocado y le dije que era perfecto. Así fue.
El viernes por la mañana se fue a las ocho. Vi cómo su coche se desviaba de Calloway Street y llamé a Moyá. Dos agentes llegaron a las nueve y cuarto, silenciosos y eficientes, moviéndose por la casa como gente que ya había hecho esto antes. Hice café. Nadie lo tocó. Yvonne llegó a las diez y se quedó en la puerta, observando la habitación sin inmutarse.
