Era la canción de Daniel. La que tarareaba en la mesa, en el asiento trasero del coche, mientras fregaba los platos a altas horas de la noche. La que había escuchado tan constantemente durante el primer año de duelo que no podía soportarla en la radio. Se sentó con los ojos cerrados y escuchó a Owen tararearla. El jardín se quedó completamente quieto.
Cuando abrió los ojos, él se había detenido. La observaba con una expresión que ella reconoció: la particular tranquilidad de una persona que lleva mucho tiempo tratando de comunicar algo verdadero y que por fin, de alguna manera, ha sido comprendida. Volvió a tenderle el sobre. «Creo -dijo, eligiendo cuidadosamente sus palabras- que ahora podrías estar preparada para esto»
