Incluso el aire parecía vigilante, como si contuviera algo. Fue entonces cuando le vi. Caminaba por el arcén de la carretera, con las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta fina y la cabeza ligeramente gacha. No tenía nada de ilegal. La gente caminaba de noche todo el tiempo, turnos nocturnos, turnos tempranos, insomnes que intentaban quemar la inquietud.
Pero algo en su forma de moverse me llamó la atención. No deambulaba ni serpenteaba. Su paso era firme, deliberado. Cada paso lo daba con el mismo ritmo, como si siguiera un camino ya trazado en su cabeza. Cuando mis faros le pasaron por encima, no levantó la vista ni reaccionó. Siguió andando.
