En nuestro pueblo nunca pasaba gran cosa. De eso se trataba. Nos ocupábamos de las quejas por ruidos, de los borrachos ocasionales, de los perros perdidos, de las discusiones domésticas que se enfriaban cuando llegábamos. El tipo de lugar donde te aprendías cada calle de memoria y cada turno se confundía con el siguiente. La delincuencia grave pertenecía a ciudades a una hora de distancia, no aquí.
Entonces empezaron los robos. No todos a la vez. No en voz alta. Sólo lo suficiente para sentirse mal. Una casa, luego otra. Una ventana trasera forzada. Una puerta de garaje entreabierta. Un portátil desaparecido, una cartera perdida, una sensación de violación que perduraba más que los propios daños. Al principio, las llamadas se sucedían con días de diferencia, lo suficientemente espaciadas como para que nadie entrara en pánico.
