Sarah pasó la noche anterior a la cena casi sin dormir. Repasó todas las versiones de la noche que podía imaginar. Le preocupaba que hubiera una explicación que se hubiera perdido. Que se sentara en aquella habitación y descubriera que había cometido un terrible error con su propia hermana.
En la cena, Diane había puesto la mesa con cuidado. Doce miembros de la familia se acomodaron en los asientos con la particular cortesía de la gente que navega entre tensiones conocidas. Sarah ocupó la silla más cercana a la puerta. El tío Paul estaba enfrente. Hacía cuatro meses que no le dirigía la palabra, pero le dedicó una pequeña e insegura inclinación de cabeza.
