Nunca había perdonado al pueblo por hacer dinero con el dolor de su familia. Su padre no se había convertido allí en un recuerdo. Se había convertido en una historia, luego en un símbolo y después en una forma de sacar monedas a los turistas. Cuando Nora se marchó a estudiar y luego a trabajar, desconfiaba no sólo de la leyenda, sino también de todos los que la repetían.
Esa fue una de las razones por las que se mantuvo alejada tanto tiempo. Cada vez que volvía a casa, encontraba algún pequeño rastro fresco del mito que se seguía alimentando: un cartel pintado, un chiste de mal gusto o un visitante preguntando dónde había desaparecido el pescador. La distancia se había vuelto más fácil que la rabia.
