Allí, semioculta bajo la maleza y la costra de conchas viejas, había una losa plana de hormigón encajada entre la piedra natural. No pertenecía a ese lugar. Cuatro pernos oxidados sobresalían de ella formando un cuadrado, y la roca que la rodeaba parecía cortada, no moldeada por la marea o el tiempo.
Unos metros más allá, Eli pronunció su nombre en un susurro estrangulado. Detrás de un afloramiento bajo, oculto en la sombra, se encontraba la parte superior de una escotilla de hierro casi engullida por los percebes. Su borde estaba lleno de arenilla, pero su contorno era demasiado deliberado para confundirlo.
