Eli admitió que no había vuelto para capturar más vídeos. Su madre se lo había prohibido. Había demasiada gente hablando en el pueblo, dijo, y su hermana pequeña se ponía a llorar cada vez que alguien mencionaba el arrecife. Nora estuvo a punto de decirle que todos estaban haciendo el ridículo, pero se detuvo.
Porque, si era sincera, el vídeo la inquietaba precisamente porque no parecía un montaje. No tenía nada de teatral. Ni música dramática, ni ángulos ingeniosos, ni un narrador de pueblo intentando convertir el miedo en beneficio. Parecía torpe, accidental y demasiado cercano a las notas de su padre.
