Aquella noche, la lluvia silbó contra las ventanas. Los golpes volvieron, más suaves, casi tentativos. Lucy se incorporó, con el pulso acelerado. Apagó la lámpara de la mesilla para escuchar. El patrón parecía deliberado: tres golpes suaves, una pausa y un último golpecito. Emma, ensimismada en su sueño, soltó una risita en sueños.
A la mañana siguiente, las líneas de cansancio dibujaban el rostro de Lucy. Preparó café temprano y se quedó mirando la pared que separaba la habitación de Emma de la de invitados, situada al lado. Según el plano de la casa, las habitaciones deberían haber sido iguales en tamaño, pero no podían serlo si aquel golpeteo era real.
