Durante las noches siguientes, volvió a repetirse. Siempre desde el mismo trozo de pared, siempre en pequeños grupos, nunca arañando, nunca escabulléndose, sino con un golpeteo firme y sordo, como si procediera del interior del yeso. No eran las historias de Emma lo que preocupaba ahora a Lucy, ni su «nadie» Era este sonido deliberado e inexplicable.
Los golpecitos se convirtieron en parte de sus noches. Algunas noches apenas sonaba, sólo un ruido sordo detrás de la pintura. Otras veces, parecía responder al asentamiento de la casa, llegando tras un crujido, haciendo eco de un chasquido lejano. Lucy empezó a anotar las horas en su teléfono, casi sin querer.
