Su mano se cerró alrededor de un objeto duro y lo sacó. En la palma de la mano había un caballo de madera, no más grande que las figuras de plástico favoritas de Emma. La mayor parte de la pintura se había descascarillado y sólo quedaba una tenue insinuación de color en las crines. Una de las orejas estaba astillada, con los bordes alisados por la manipulación
Le dio la vuelta, con el corazón latiéndole más deprisa. En la parte inferior, alguien había grabado unas iniciales en la madera: dos letras apenas legibles. El estilo de la talla, el desgaste y la pintura primitiva hablaban de otra época. No era un juguete moderno. Pertenecía a quienquiera que hubiera utilizado aquel espacio antes de sellar la pared
